El mundo antes del mundo: la utopía según Lennon
La historia de “Imagine” no comienza en una sala de grabación, sino en un territorio más íntimo: ese espacio ambiguo donde un artista, herido por la ruptura de un mundo que ya no existe —la separación de The Beatles, el ruido político de su tiempo, la búsqueda de un nuevo sentido— se sienta frente a un piano y trata de ordenar el caos con la única herramienta que realmente domina: la imaginación. En 1971, John Lennon vivía una etapa de introspección casi febril. La fama, que antes había sido un juego compartido con tres compañeros, ahora pesaba como una responsabilidad solitaria. Yoko Ono, con su universo conceptual hecho de instrucciones poéticas y silencios cargados de significado, se convirtió en la brújula que lo empujó hacia una forma distinta de creación.
No es casual que la semilla de “Imagine” brotara de Grapefruit, ese libro de pequeñas iluminaciones donde Ono invitaba a imaginar nubes derritiéndose o lágrimas que fortalecen. Lennon tomó ese gesto —imaginar como acto transformador— y lo convirtió en canción. Años después admitiría que la autoría debería haber sido compartida, porque muchas de las imágenes nacieron de ella, de su manera de mirar el mundo como si fuera un lienzo en blanco.
En ese contexto emocional y político, la canción se vuelve casi inevitable. Lennon estaba inmerso en protestas contra la guerra de Vietnam, en performances pacifistas como el bed‑in, en una búsqueda espiritual que no encontraba acomodo en ninguna religión concreta. “Imagine” es la destilación de ese momento: un mensaje universal, despojado de la rabia de otras proclamas, pero no menos radical. Es una invitación a desmantelar mentalmente las estructuras que sostienen la violencia —la nación, la religión, la propiedad— no desde la confrontación, sino desde la posibilidad. El gesto es audaz: pedir al oyente que cierre los ojos y visualice un mundo sin los pilares que definen su identidad. Y sin embargo, Lennon lo hace con una suavidad casi infantil, como si abriera una ventana y dejara entrar luz.
La grabación, realizada entre mayo y julio de 1971 en Ascot Sound Studios, en la propia casa de Lennon, tiene algo de ritual doméstico. El piano Steinway blanco, que luego se convertiría en icono cultural, no es solo un instrumento: es el altar desde el que Lennon articula su plegaria laica. Phil Spector, Yoko Ono y él mismo producen una pieza deliberadamente desnuda, sin artificios, como si cualquier exceso pudiera traicionar la pureza del mensaje. La canción nace así, casi en silencio, sin sospechar que se convertiría en un himno global. Y, sin embargo, su recepción inicial fue ambigua: algunos la consideraron demasiado utópica, otros demasiado subversiva. Lennon llegó a decir que era “lo más cercano a un himno comunista” que escribiría, aunque suavizado para que pudiera ser aceptado por el público general. Décadas después, tras el 11‑S, algunas radios estadounidenses la prohibieron temporalmente, como si su invitación a imaginar un mundo sin fronteras resultara intolerable en tiempos de miedo. Pero el tiempo, que lima asperezas y revela esencias, la elevó a un lugar distinto: en 2023 fue incorporada al National Recording Registry como obra de importancia histórica y cultural.
Musicalmente, “Imagine” es una paradoja luminosa. Está escrita en Do mayor, la tonalidad más pura, la que no necesita sostenidos ni bemoles, como si Lennon quisiera que la canción sonara a verdad elemental. Las progresiones armónicas son simples, casi escolares, pero esa simplicidad es su fuerza: permiten que la melodía —suave, ascendente, conversacional— respire sin obstáculos. No hay dramatismo, no hay virtuosismo, no hay tensión: solo una claridad que se despliega con la naturalidad de una idea que siempre estuvo ahí, esperando ser dicha. La producción es mínima: piano, voz, cuerdas contenidas. Nada distrae, nada compite. La canción funciona como un mantra secular, una repetición que no busca hipnotizar, sino limpiar la mirada.
Y es precisamente en esa transparencia donde reside su poder simbólico. “Imagine” no describe un mundo perfecto; propone un ejercicio mental. No afirma, sugiere. No impone, invita. Es una canción que no pertenece a ningún país, a ninguna religión, a ninguna ideología concreta. Por eso se convirtió en himno: porque no reclama, no exige, no divide. Es un espacio vacío que cada oyente llena con su propia esperanza. Cuando Lennon canta, no está dictando un programa político; está abriendo un espacio interior donde la imaginación se vuelve acto ético. Imaginar un mundo sin fronteras es, en sí mismo, un gesto de paz.
Quizá por eso, más de medio siglo después, “Imagine” sigue viva. No porque prometa un futuro posible, sino porque recuerda que la imaginación es el primer territorio donde se ensayan los cambios. Lennon no nos pide que creamos, sino que imaginemos. Y en ese matiz —tan pequeño, tan decisivo— reside la eternidad de la canción.