Tristeza não tem fim…
(La música de mi niñez… allí en São Paulo)
«Tristeza não tem fim…»
Así arranca A felicidade. Con tristeza. Una canción que se llama la felicidad, que habla de la felicidad, que en teoría celebra la felicidad… y que abre sus primeras sílabas con la palabra tristeza. Ahí está todo. Esa es la trampa, o más bien el secreto. Porque Vinicius de Moraes sabía algo que la mayoría de nosotros tardamos años en entender: que la felicidad no puede nombrarse sin rozar su contrario.
Tristeza no tiene fin. Felicidad, sí.
Qué paradoja tan hermosa.
Una llamada de teléfono entre dos continentes
Corría 1958. Vinicius desempeñaba funciones diplomáticas en Uruguay, en su departamento del barrio de Pocitos, en Montevideo. Tom Jobim, su cómplice habitual, estaba en São Paulo. Los separaban miles de kilómetros y una factura de teléfono que crecía como la espuma.
La canción fue compuesta especialmente para Orfeo Negro, la película del director francés Marcel Camus, estrenada en 1959 y galardonada con la Palma de Oro en Cannes y el Óscar a la mejor película extranjera al año siguiente. Pero lo curioso es que Tom no quería escribir nueva música. Estaba conforme con la que había compuesto para Orfeu da Conceição, la obra teatral de Vinicius estrenada en 1956 que trasponía el mito griego de Orfeo al escenario de una favela carioca.
Vinicius insistió. Y así empezaron las llamadas.
Según cuenta Daniel Terra, escribano y amigo de Vinicius en Uruguay: «Jobim estaba en San Pablo y Vinicius en Montevideo, se hablaban a cada rato hasta que la última llamada fue de una hora más o menos y quedó terminado.» Vinicius, con su humor habitual, reconoció siempre que era la canción más cara que había compuesto. Él debía de ser quien llamaba.
Hay algo poético en eso. Una canción sobre la fugacidad de la alegría, construida a retazos, a través de una línea de teléfono, entre dos ciudades que se añoran.
Lo que dice la letra (y lo que no dice)
La imagen central es sencilla y devastadora a la vez: la felicidad comparada con una pluma que el viento lleva por el aire, con una gota de rocío en el pétalo de una flor, con la ilusión del Carnaval del pobre que trabaja todo el año por un momento de sueño.
Qué imagen la del Carnaval. El pobre que fabrica durante doce meses su fantasía de rey, de pirata, de jardinera… para que todo se acabe el miércoles de ceniza (cuarta feira). La fiesta como espejo de la existencia. La alegría como algo que necesita viento sin parar para no caer.
Y hay una rareza musical que no todo el mundo nota: las tonalidades mayores subrayan la palabra tristeza y las menores, la felicidad. Al revés de lo esperado. Como si la música supiera algo que nosotros aún no hemos terminado de aceptar.
Cuando la canción suena en la película, en el contexto del film las últimas estrofas — donde el narrador habla de su namorada, su amada — describen en realidad la búsqueda de Orfeo por Eurídice después de su muerte. La felicidad como algo que ya se fue. Como una noche que pasa y pasa en busca del amanecer.
El mundo la escuchó y no pudo soltarla
La canción fue interpretada por primera vez por Agostinho dos Santos en 1959, sobre los créditos iniciales de Orfeo Negro. Pero de ahí en adelante, la historia fue imparable.
Solo durante 1959 existió registro de veinticinco versiones. Veinticinco. En un solo año.
João Gilberto la tomó casi de inmediato, y con su cadencia suave y esa forma de cantar como si susurrara un secreto, la convirtió en leyenda. En Estados Unidos hipnotizó a Frank Sinatra, Ella Fitzgerald y Dizzy Gillespie. Gilberto le hizo lo que siempre hace con todo lo que toca: hacerlo suyo, irremediablemente.
Milton Nascimento la grabó en 1970 con una desnudez vocal que te deja sin palabras. Un despojamiento vocal que llevó la emoción a otro nivel. Milton tiene esa cosa rara de los grandes: canta como si cada canción fuera la última vez que la va a cantar.
Tom Zé hizo algo distinto, algo casi conceptual: en su versión la recitaba sílaba a sílaba. a-fe-li-ci-da-de-é-co-mo-a-plu-ma-que-o-ven-to-vai-le-van-do-pe-lo-ar. Como si necesitara desmontar la palabra para entender lo que hay dentro.
Ella Fitzgerald la grabó en su último período, en el disco en que abrazó el universo Jobim. Y hay algo en su voz, en esa época ya cansada y perfecta al mismo tiempo, que convierte la canción en algo distinto: no habla ya del pobre en el Carnaval, habla de cualquiera que ha vivido lo suficiente como para saber que la alegría siempre tiene fecha de caducidad.
María Bethânia también tiene su versión, íntima y oscura, como todas las suyas. Bethânia no interpreta canciones. Las habita. Y en su boca, A felicidade se vuelve casi un réquiem.
Lo que te hace cuando la escuchas
Hay canciones que te cuentan algo. Y hay canciones que te recuerdan algo.
A felicidade es de esas que te recuerdan algo todos los dias. No te explica que la alegría es frágil. Lo sabes tú solo, en cuanto suena esa primera nota. Te lo recuerda. Te lleva a esa tarde concreta, a ese momento que fue tan redondo y tan tuyo, y que ahora ya no existe más que en la memoria.
Vinicius escribió sobre el Carnaval del pobre. Pero también escribía sobre todos nosotros. Sobre ese instante de luz que dura exactamente lo que tiene que durar, ni más ni menos, y que cuando se va deja ese hueco tan específico que no sabe llenarse con otra cosa.
La pluma en el aire. La gota de rocío. La noche que pasa en busca del amanecer.
Tristeza não tem fim.
Felicidade, sim.