La venganza más dulce del rock: así nació All Things Must Pass
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La venganza más dulce del rock: así nació All Things Must Pass

◆   13 de marzo de 2026  ·  Javier Ledo

Hay canciones que llegan al mundo con prisa, casi de accidente. Y hay otras que esperan… pacientemente, en silencio, hasta que llega su momento. All Things Must Pass es de esas. Una canción que George Harrison tuvo en el cajón durante años, que sus propios compañeros de banda ignoraron, y que un día explotó en forma de triple álbum para cambiar para siempre la historia del rock.

Pero empecemos por el principio.


El beatle invisible

Durante casi una década, George Harrison fue eso: el tercero. El guitarrista tranquilo que vivía a la sombra de Lennon y McCartney. ¿Que traías una canción? Bien. ¿Que traías dos? Demasiado. En los discos de los Beatles, George tenía suerte si le colaban un par de temas por álbum.

Y lo frustrante es que las canciones que escribía eran buenísimas.

Harrison acumuló material durante años, desde 1966, con piezas como «Isn’t It a Pity» o «Art of Dying» que nadie quiso grabar con él. Las ofrecía. Las enseñaba. Y lo que recibía, en el mejor de los casos, era un «ya lo veremos». En el peor, silencio. Muchas de esas canciones fueron ofrecidas una tras otra a sus compañeros en la banda, pero tanto Lennon como McCartney las rechazaron.

Imagínate eso. Tener algo valioso dentro, algo que quieres compartir, y que nadie quiera escucharlo. Años así.

Pues bien… esa represión tuvo consecuencias. Bonitas consecuencias.


La gota que colmó el vaso

Enero de 1969. Estudios de Twickenham. Las cámaras de cine están grabando todo para un documental. La tensión en el ambiente se puede cortar con un cuchillo.

Tras una discusión con Paul McCartney por un acorde — la que aparece en el documental Let It Be — George Harrison abandonó las sesiones del álbum Get Back y de pasada, dejó a los Beatles. Cogió sus cosas y se fue a casa. Así, sin más.

Lo que pasó después es casi poético. Después de la discusión y de haber abandonado el estudio de grabación, ya más tranquilo en casa, escribió «Wah-Wah», una canción que era, básicamente, un grito de hartazgo convertido en música. Rabia con melodía. Y en esas mismas sesiones tensas de Get Back, Harrison ensayó también «All Things Must Pass»… aunque nadie le prestó demasiada atención.

La canción fue escrita cuando aún Harrison formaba parte de los Beatles, durante esas sesiones de enero de 1969. Fue una de muchas canciones que podría haber formado parte del nuevo álbum del grupo, pero conforme los períodos de sesiones avanzaban, la canción fue desechada y nunca volvió a ser interpretada por la banda.

Desechada. Esa palabra duele sólo de leerla.


Un hombre con cientos de canciones y ganas de respirar

Llegó 1970. Los Beatles, oficialmente, habían muerto. Y lo curioso es que George Harrison parecía… liberado.

Harrison encontró al productor Phil Spector en las oficinas de Apple, lo arrastró hasta Abbey Road y lo sacó de su retiro. Luego lo llevó a Friar Park, su mansión neo-gótica de treinta habitaciones con jardines enormes, cuevas, pasajes subterráneos y una colección desconcertante de gnomos de jardín. Allí, entre esos pasillos de otro mundo, le puso canciones.

Todas las cosas deben pasar

«George me dijo: ‘Tengo algunas canciones para que escuches'» — recordó Spector. «¡Fue interminable! Tenía literalmente cientos de canciones y cada una era mejor que el resto. Tenía toda esa emoción acumulada».

Años. Años de canciones guardadas, esperando.

El propio Harrison comentó en 1992 sobre el vasto volumen de material: «No tenía muchas melodías en los discos de The Beatles, de modo que hacer un álbum como All Things Must Pass fue como ir al baño y dejar que saliera».

Brutalmente honesto. Y completamente humano.


Un estudio lleno de estrellas… y de caos

La grabación comenzó en los estudios Abbey Road en mayo de 1970, dos meses después de la separación de los Beatles. Y Harrison no se fue solo. Para la ocasión, reunió a una lista de músicos que suena casi a broma: Eric Clapton, Ringo Starr, Billy Preston, Klaus Voormann, Badfinger, Ginger Baker, Peter Frampton… También estaba, aunque no podía ser acreditado, un jovencísimo Phil Collins.

Seis semanas después de la ruptura oficial de los Beatles, aquello era ya un hervidero de talento.

Pero las sesiones no fueron fáciles. Para nada. Aunque se suponía que no debían extenderse más allá de dos meses, Harrison tenía a su madre diagnosticada con cáncer y la dieta de Spector incluía dieciocho brandis de cereza antes de la primera toma. Para julio, la madre de George estaba muerta y Spector tenía un brazo fracturado en medio de una sesión.

Caos, duelo y genialidad. Todo mezclado.

Las sesiones de grabación comenzaron apenas seis semanas después del anuncio de la ruptura de los Beatles y el propio Dhani Harrison, hijo de George, reconoció que su padre estaba pasando por muchas cosas durante ese tiempo: además de la ruptura de la banda, perdió a su madre y también estaba dejando a una amante. «Es una cápsula del tiempo familiar y hay mucho amor en ella», dijo Dhani. «Fue valiente al hacer esto cuando lo hizo.»

Un rayo en una botella, lo llamó.


La hora del té y el buen humor

No todo era oscuro, claro. La anécdota ilustra el buen estado de ánimo por el que pasaba Harrison durante 1970: había llegado la hora del té, y como buen británico, no se lo iba a perder. Y el resto de la constelación de estrellas que se encontraban en el lugar, tampoco.

Ahí estaban Eric Clapton, Ringo, Billy Preston… todos parados, con su taza de té, como si fueran a un picnic en lugar de a grabar uno de los discos más importantes de la historia del rock.

En las cintas recuperadas se puede escuchar a un George Harrison muy humano: lo capturaron pidiendo jugo de naranja mientras tocaba una versión estupenda de «Get Back», e incluso hay una grabación suya imitando a Elvis. Y durante la toma número catorce de «Isn’t It a Pity», harto ya de repetir, rompió el guion para cantar algo así como: «¿No es un fastidio? ¿Por qué hacemos tantas tomas?»

El humor, incluso en el dolor. George era así.


La canción que da nombre a todo

All Things Must Pass. Todo pasa. Todo tiene su momento. Y todo, inevitablemente, termina.

La canción cuenta con una letra de aliento, motivadora, que nos da a entender que no todo será gris siempre, que debemos seguir adelante y que con un nuevo amanecer todo se renovará en nosotros.

Es curioso que Harrison escribiera eso precisamente en el momento más oscuro de su vida con los Beatles. Como si ya supiera que aquello, también, pasaría. Que el dolor es temporal. Que los bloqueos creativos se rompen. Que los cajones llenos de canciones ignoradas algún día verán la luz.

Y así fue.


Un triple álbum que cambió las reglas

El 30 de noviembre de 1970 llegó al mundo All Things Must Pass. La colección original fue audaz para su época: el primer álbum de estudio triple en la historia del rock, una ráfaga virtual de vinilo. Tres discos. Veintitantas canciones. Más un tercer vinilo de sesiones improvisadas, apodado internamente «el disco de la fiesta».

La foto de Barry Feinstein que ilustra la portada — Harrison con barba y larga melena, sentado en medio de su inmenso jardín rodeado de cuatro misteriosos gnomos — era una especie de declaración de independencia de los Beatles. No necesito a nadie. Estoy aquí. Solo. Y tengo esto.

El mundo respondió. El álbum alcanzó el número uno en Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Canadá… y es unánimemente considerado uno de los mejores discos de rock de todos los tiempos. Rolling Stone lo incluyó entre los 500 mejores álbumes de la historia.

El beatle invisible había hablado. Y lo había hecho más alto que nadie.


Todo pasa. Pero algunas cosas quedan para siempre

Más de cincuenta años después, escuchas All Things Must Pass y sientes algo raro. Algo que no es exactamente nostalgia. Es más bien… gratitud. Gratitud porque alguien tuvo el valor de no tirar la toalla. De seguir escribiendo aunque nadie le escuchara. De esperar su momento.

Dhani Harrison dijo algo hermoso sobre el álbum: «Creo que el mensaje de este disco está más listo para ser recibido ahora que cuando salió. El mensaje es más claro.»

Y tiene razón. En un mundo que se mueve demasiado rápido, que juzga demasiado rápido, que descarta demasiado rápido… esta canción sigue siendo un recordatorio suave pero firme de que las cosas buenas no siempre llegan cuando uno quiere. A veces hay que esperar. A veces hay que aguantar que te ignoren.

Pero llega el momento.

Todo pasa. Y lo que de verdad vale… queda.

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