Algo se fue con él
Hay canciones que no envejecen. Que no dependen de la época en que nacieron ni del estado de ánimo con el que las escuchas por primera vez. Simplemente… están. Como el viento. Como el frío de enero. Como esa conversación que tuviste una noche con alguien y que, veinte años después, todavía no has terminado de procesar.
Si te vas es una de esas canciones.
Robe la escribió desde un lugar que pocos artistas se atreven a habitar: la verdad sin anestesia. No hay metáforas de adorno, no hay artificios poéticos para disimular el dolor. Hay un ser humano mirando de frente la posibilidad de quedarse solo, de que lo que amaba desaparezca, y poniéndole palabras a eso. Palabras sencillas. Devastadoras.
Eso era lo que hacía Robe, ¿sabes? No escribía sobre el amor. Escribía dentro de él. Con todo lo que eso implica: la belleza, sí, pero también el miedo, la dependencia, el vértigo de saber que otra persona puede llevarse contigo una parte de ti mismo si un día decide marcharse.
Si te vas, me quedo en esta calle sin salida.
¿Quién no ha sentido eso alguna vez?
La grandeza filosófica de esta canción está, precisamente, en su aparente sencillez. Robe entendía algo que muchos pensadores con doctorado nunca llegaron a comprender del todo: que las preguntas más grandes de la existencia no viven en los tratados académicos. Viven en el día a día. En una habitación vacía. En el silencio que deja alguien cuando se va.
Él hacía poesía, sí… pero sin pedir permiso a nadie. Sin pasar por el filtro de lo que «se supone» que tiene que ser la poesía. Sus versos nacían del barro, de la calle, de la vida vivida con la piel hacia fuera. Y eso los hacía inmortales.
Si te vas no es solo una canción de amor. Es una reflexión sobre la identidad, sobre cómo nos construimos en relación al otro, sobre el vacío que deja la ausencia. Es casi existencialista, si lo piensas bien. Pero sin el esnobismo del existencialismo. Con la honestidad brutal de alguien que no tiene tiempo para poses.
Y entonces llegó el 10 de diciembre de 2025.
Y todo cambió.
Su agencia lo describió ese día como «el último gran filósofo, humanista y literato contemporáneo de lengua hispana». Y no era exageración. Era la pura verdad. Roberto Iniesta Ojea, nuestro Robe, se marchó a los 63 años. Demasiado pronto. Con demasiadas canciones todavía dentro.
El país entendió automáticamente que se había ido alguien que no encajaba en los moldes, alguien que nunca quiso ser ídolo pero terminó siéndolo por insistencia de quienes necesitábamos una voz que no mintiera.
Eso es. Eso exactamente.
Cuando Rozalén se despidió de él, lo hizo con los versos de Si te vas. «Si te vas, me quedo en esta calle sin salida… Así me siento. Qué días más tristes», escribió. Y en ese momento, esos versos adquirieron una nueva dimensión. Ya no hablaban solo de un amor que se va. Hablaban de él. De su ausencia. Del hueco enorme, imposible de llenar, que deja un artista así.
Porque hay algo cruel y hermoso a la vez en esto: las canciones que escribió siguen aquí. Si te vas sigue aquí. Y ahora, cada vez que la escuchemos, tendrá dos capas de significado. La que siempre tuvo… y la nueva. La que habla de él.
Sus conciertos eran rituales: miles de personas cantando sobre el dolor como si hacerlo lo convirtiera en una herramienta de supervivencia. Eso era Robe. Un alquimista. Cogía el sufrimiento, lo miraba sin apartar la vista, y lo devolvía transformado en algo que te ayudaba a seguir.
Eso no lo hace cualquiera. Eso es un don. Y ese don, por suerte, no muere con quien lo tiene. Queda en las canciones. En los discos. En los millones de personas que, un día cualquiera, ponen Si te vas y sienten que alguien les entendió de verdad.
Gracias, Robe. Por escribir lo que nosotros no sabíamos cómo decir. Por quedarte sin salida junto a nosotros, aunque solo fuera desde una canción. Por demostrarnos que la poesía más grande no vive en los libros de texto sino en la voz de alguien que se atreve a ser completamente humano.
Hasta siempre, siempre, siempre.