La canción que Mecano nunca grabó
Hay canciones que llegan a quien tienen que llegar. No siempre al primero que las toca, ni al que las soñó. A veces dan una vuelta, cambian de manos, y de repente… encajan. Como si hubieran estado esperando la voz correcta.
Lía es una de esas canciones.
La escribió José María Cano a finales de los ochenta. El mismo hombre que le dio a Mecano algunas de sus piezas más hondas. Y en principio, pensó en Ana Torroja para cantarla. Tenía sentido: ella era la voz del grupo, y la canción tenía esa textura de bolero elegante que encajaba con el universo de la banda. Llegaron a grabar una maqueta. Pero la cosa no cuajó. No se sabe muy bien por qué. Quizás la canción pedía otra cosa. Quizás pedía a alguien más.
Y entonces llegó Ana Belén.
La incluyó en Rosa de amor y fuego, su disco de 1989, como segundo single. Y algo pasó cuando esa voz —cálida, sin artificios, con esa capacidad única de hacer que una canción te suene a cosa propia— se encontró con los versos de Cano. Algo encajó de manera casi física. Como cuando pruebas una chaqueta que no es tuya y descubres que te sienta mejor que a quien la compró.
La melodía que abre la canción ya dice todo lo que va a pasar. No hay urgencia. No hay prisa. Solo ese sonido que flota, que te invita a quedarte quieto un momento y escuchar. Y entonces entra la voz, y la letra empieza a tejer su propio lío: «Lía con tu pelo un edredón de terciopelo que me pueda guarecer si me encuentra en cueros el amanecer…»
Hay algo en esa imagen —despertarse al amanecer, vulnerable, y querer estar envuelto en la otra persona— que llega directo. Sin rodeos. Con una honestidad que da vértigo. José María Cano tenía ese don: escribir desde lo concreto y llegar a lo universal. Un edredón de pelo. Dos labios que se enredan. Un nudo de dos lazos. Imágenes cotidianas que de repente saben a eternidad.
Y es que Lía no habla exactamente de amor. Habla de ese momento en que ya no sabes dónde acabas tú y dónde empieza la otra persona. Ese estado un poco delirante —y delicioso— en el que estás tan liado con alguien que ya no importa deshacerlo. Que prefieres seguir enredado. Para siempre, si puede ser.
La melodía tiene esa misma lógica. Empieza suave, casi de puntillas, con el teclado acompañando la voz en una progresión que oscila entre el mayor y el menor sin que nunca sepas del todo si estás en tierra firme o flotando. Y eso, musicalmente, es exactamente lo que siente quien escucha. Un vaivén. Un mareo bonito. La orquestación va creciendo poco a poco —cuerdas, vientos, percusión que entra con discreción— y antes de que te des cuenta estás dentro de la canción sin saber cuándo entraste.
El éxito fue inmediato. Y duradero. Tanto, que en los años siguientes la canción fue pasando de mano en mano como algo que todos querían tocar.
Julio Iglesias la grabó en 1992, y le dio una vuelta interesante: la incluyó en un álbum en italiano, Anche senza di te, adaptada al idioma con el título Lia. Hay algo curioso en escuchar esa letra tan enredada, tan española en su cadencia, en la voz de Iglesias hablando en italiano. Funciona. Claro que funciona. Él tenía esa capacidad de apropiarse de una canción y hacerla sonar como si la hubiera vivido.
María Dolores Pradera la grabó en 1999, y aquí la cosa se vuelve especial. Pradera era maestra en el bolero, en esa forma de cantar que tiene más pausa que velocidad, más silencio que nota. Su versión es más íntima aún que la original. Más lenta. Como si cada verso necesitara tiempo para asentarse. La escuchas y piensas que esta canción no tiene edad. Que suena igual de verdadera en 1989 que en 1999 que hoy.
Chenoa la versionó en 2003, en plena explosión de su carrera post-Operación Triunfo. Una apuesta arriesgada, porque compararse con Ana Belén en esta canción es compararse con mucho. Pero la hizo con respeto y con criterio, sin intentar superarla sino simplemente habitarla desde otro lugar. Y el propio José María Cano grabó su propia versión en 2001, convirtiéndose en el raro caso del compositor que vuelve a su propia obra para cantarla él mismo. Como para recordarnos que seguía siendo suya, aunque todos la hubieran hecho un poco de todos.
Hay canciones que envejecen. Y hay canciones que simplemente se vuelven más ellas mismas con el tiempo.
Lía es de las segundas.
Escucharla hoy es como abrir una ventana a un tipo de romanticismo que ya no abunda tanto: sin ironía, sin distancia, sin miedo al ridículo. Un amor que se declara con metáforas de terciopelo y cigarrillos de cariño y marionetas. Un amor que lía, que enreda, que no quiere desenredarse.
Y en la voz de Ana Belén, todo eso suena exactamente como tiene que sonar. Como algo real. Como algo que has sentido tú, aunque no recuerdes cuándo.
Eso es lo que hace una canción grande. No te cuenta una historia. Te devuelve la tuya.