El peine, el papel y la chica del parquímetro: Lovely Rita
Rock

El peine, el papel y la chica del parquímetro: Lovely Rita

◆   21 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay canciones que nacen de la gran poesía, de la angustia existencial, del dolor de vivir. Y luego está Lovely Rita. Una canción que nació de una multa de aparcamiento.

Corría 1967. Paul McCartney acababa de salir de los estudios Abbey Road cuando una agente de tráfico le puso un ticket en el coche mal aparcado. Según algunas fuentes, la mujer se llamaba Meta Davies y era la primera inspectora de tráfico femenina de todo el barrio de St. John’s Wood. La propia Davies contó años después que McCartney la paró, hablaron un momento, y él le dijo: «Ese sería un buen nombre para una canción. ¿Te importa si lo uso?» Y ella le contestó que no. Y se fue. Unos meses más tarde, Meta escuchó Lovely Rita en la radio.

Paul, sin embargo, siempre matizó la historia. Decía que el verdadero detonante no fue la multa sino descubrir la expresión americana meter maid — «chica del parquímetro» — que le pareció tan curiosa, tan cargada de erotismo ingenuo, que se puso a fantasear con ella. Y así fue tejiendo la canción mientras paseaba por Heswall, en Liverpool, donde vivía su padre.

Lovely Rita es eso: una fantasía pequeña, cómica, tierna. Un hombre que intenta ligar con la agente que le acaba de multar. La invita a cenar, ella paga la cuenta, van a su sofá… y casi lo consiguen. Hay algo muy McCartney en todo eso. Un humor gentil, sin cinismo.

La noche de los peines

Pero la historia que de verdad merece contarse ocurrió en el estudio.

Era el 7 de marzo de 1967. Los Beatles llevaban horas grabando en Abbey Road, envueltos en humo de incienso, con algún que otro invitado ilustre asomándose por la puerta del estudio dos. Esa noche tocó añadir las voces de acompañamiento. Y cuando el ambiente se relajó y John Lennon empezó a hacer el tonto… todo se desmadró un poco. En el buen sentido.

El ingeniero Geoff Emerick lo describió así: los cuatro Beatles se pusieron alrededor de un solo micrófono, con sus peines de bolsillo envueltos en una capa de papel higiénico estándar de los estudios EMI — el famoso papel que todos consideraban excesivamente fino — y soplaron a través de ellos para crear un sonido extraño, como una mezcla entre kazoo y sección de viento de juguete.

Y lo de EMI siendo tacaño con el papel higiénico no es un detalle menor. El propio Emerick recuerda que los Beatles se quejaban constantemente de la calidad del material de los baños, y que incluso enviaron a Mal Evans — su asistente, su hombre para todo — a buscar papel al lavabo para poder grabar el efecto. Mal Evans. El tipo que cargaba los amplificadores, que les preparaba el té, que resolvía los problemas. También el que esa noche aportó el papel higiénico para uno de los momentos más absurdos y deliciosos de Sgt. Pepper’s.

Hay algo muy humano en esa imagen. Los cuatro tipos más famosos del planeta, en el estudio más importante del mundo, fabricándose instrumentos con lo primero que encontraron en el baño.

George Martin lo recordaba con cariño: fue una noche de «tontería gloriosa», con jadeos, gemidos, sonidos de cha-cha-cha, chasquidos de lengua y todo tipo de ruidos vocales que los Beatles improvisaban mientras las cintas seguían grabando. John siempre fue el primero en dejarse llevar en ese tipo de situaciones.

El resultado — ese sonido rasposo, burbujeante, que aparece en la coda de la canción — es parte fundamental de su encanto. Suena exactamente a lo que es: cuatro personas pasándoselo en grande a las dos de la madrugada.

Una canción que casi no llega al disco

Hay una cosa que mucha gente no sabe. Según George Martin, Lovely Rita era una de las canciones que habrían sido descartadas del álbum si los Beatles no hubieran tenido que añadir material después de publicar Strawberry Fields Forever y Penny Lane como single doble en febrero del 67. Dos de las mejores canciones que escribieron en su vida, fuera del disco. Y Lovely Rita, dentro.

La historia tiene una lógica extraña. Pero escucharla ahora, saberla tan cerca del corte, le da otro valor.

La canción fue grabada con vari-speed — velocidad variable — a lo largo de todo el proceso, lo que hace que su tonalidad final quede en un mi bemol mayor ligeramente irreal, con esa sensación de que todo suena un poco acelerado, un poco más brillante de lo normal. Eso también forma parte de su magia. No suena del todo a nuestro mundo.

Lo que hicieron otros con Rita

La primera en coger la canción fue, curiosamente, la persona que menos esperarías: Fats Domino. El rey de Nueva Orleans incluyó su versión en el álbum Fats Is Back, de 1968, y también la publicó como single. Hay algo en esa elección que dice mucho de los dos. La Lovely Rita de Fats suena como si la chica del parquímetro hubiera emigrado a Louisiana. Tiene más grasa, más boogie, más calor. No es mejor ni peor. Es otra Rita.

The Flaming Lips, con Tegan and Sara, hicieron su versión en 2014 para su tributo psicodélico al Sgt. Pepper’s. Ahí la canción se vuelve nebulosa, densa, más extraña todavía. Como si la meter maid hubiera acabado trabajando en algún turno nocturno de una ciudad que no existe.

Los Easy Star All-Stars — esos especialistas jamaicanos en reinterpretar álbumes completos en clave reggae y dub — le dieron un tratamiento con Bunny Rugs y U-Roy en su homenaje al disco. Y funciona. Hay algo en el ritmo original de Lovely Rita que ya tenía algo de caribeño sin que nadie lo dijera.

Cheap Trick, esa banda que siempre supo cómo honrar a los Beatles sin copiarlos, la incluyeron con Joan Osborne al micrófono en un directo de 2009. Más muscular, más americana. Rita con tacones de rock.

Lo que queda

Lovely Rita no es la canción más profunda de Sgt. Pepper’s. Ni la más ambiciosa. Es la más descarada, la más juguetona, la que te recuerda que detrás de ese disco monumental había cuatro tipos que todavía sabían reírse de sí mismos.

El crítico Richie Unterberger la llamó «una de las más ligeras del disco, y por tanto una de las más ignoradas por la crítica». Probablemente tenga razón. Pero las canciones que hacen sonreír también tienen su lugar en el mundo.

Y si alguna vez escuchas ese sonido de kazoo que entra en los últimos segundos… ya sabes lo que es. Cuatro Beatles, un peine, papel higiénico de los baños de EMI, y Mal Evans corriendo por el pasillo.

Hay días que la magia no cuesta casi nada.

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