La canción que Plant prefiere a Stairway to Heaven
Rock

La canción que Plant prefiere a Stairway to Heaven

◆   24 de abril de 2026  ·  Javier Ledo

Hay canciones que nacen en un estudio, con las luces encendidas y el reloj marcando las horas de grabación. Y luego hay canciones que nacen en otro sitio. En mitad de la nada. Con el polvo del Sahara en los pulmones y el sol golpeando el capó de un coche que avanza por una carretera que no parece tener fin.

Kashmir nació así.

Robert Plant iba conduciendo por el sur de Marruecos en el otoño de 1973. Una carretera de un solo carril, el mar Atlántico a un lado, montañas desérticas al otro, y una soledad tan grande que obligaba a escuchar hacia adentro. En algún punto de ese trayecto — entre Agadir y Sidi Ifni, según la leyenda — algo se abrió en él. Empezó a escribir. No sobre Cachemira, la región del norte de India disputada entre potencias. Para nada. La canción se llama así porque Kashmir sonaba como esa sensación: lo lejano, lo irresistible, el horizonte que nunca termina de llegar.

El título original era Driving to Kashmir. Tenía sentido.

Mientras Plant conducía por África, Jimmy Page buscaba algo en su guitarra. Llevaba tiempo experimentando con afinaciones poco convencionales, y había dado con una que le obsesionaba: la DADGAD, utilizada en tradiciones musicales del Medio Oriente. Con esa afinación, a finales de 1973, entró a grabar en Headley Grange — esa vieja mansión inglesa donde los Zeppelin solían encerrarse a crear — y se puso a improvisar con John Bonham.

John Paul Jones llegó tarde ese día. Suerte para todos.

Page y Bonham empezaron a tocar juntos, casi sin pensar. El baterista propuso un patrón rítmico distinto, sinuoso, casi hipnótico. Page encontró un riff que encajaba con él de forma perfecta. Y los dos siguieron tocando. Sin parar. Como si supieran que habían encontrado algo. Años después, Page lo describió en sus propias palabras: tenía la idea de un riff mántrico, con capas que se acumulaban. Empezaron a tocarlo y simplemente… no podían parar. Era tan inmediato, tan ellos, que supo desde el principio que aquello era algo diferente.

El aporte de Bonham fue tan esencial que terminó acreditado como coautor. No es un detalle menor: en Led Zeppelin, los créditos de composición no se regalaban.

La grabación tuvo que interrumpirse cuando John Paul Jones, horrorizado por los excesos de la gira de 1973, decidió que quizás quería dejar la banda. Fue necesaria cierta diplomacia para traerlo de vuelta. Cuando regresó a principios de 1974, Jones tomó lo que tenía Page en su Mellotron y empezó a esbozar los arreglos orquestales. El productor Peter Grant recuerda que cuando la primera mezcla llegó a manos del sello discográfico, todos la encontraron… pesada. Casi fúnebre. Así que mandaron a alguien a Southall, en Londres, a contratar a músicos de cuerda y viento de origen paquistaní. Jones lo organizó todo. El resultado fue exactamente lo que necesitaban.

Plant, con su letra lista y su visión clara, se enfrentó a un problema que no había anticipado: el patrón rítmico de la canción era tan extraño, tan poco convencional, que le resultaba casi imposible cantar encima de él. Llegó a decir que estaba «petrificado y prácticamente llorando» en el estudio, intentando encontrar su sitio en esa estructura.

Ese momento de incomodidad se nota en la canción, y eso es precisamente lo bueno.

Kashmir dura ocho minutos y medio. Nadie se planteó acortarla. ¿Para qué? Era como acortar un paisaje.

Cuando salió publicada en Physical Graffiti en febrero de 1975, la acogida popular fue tibia. El público de los setenta prefería otras cosas. Pero la crítica supo verlo: estaba ante algo mayor. Rolling Stone, VH1, Classic Rock… todos la situaron entre las mejores canciones de la historia del rock. Con el tiempo, el propio Plant se encargó de dejar claro lo que sentía: en una entrevista de 1988 la llamó «la canción definitiva de Led Zeppelin». Y añadió algo que decía mucho sobre él y sobre Stairway to Heaven: «Ojalá nos recuerden más por Kashmir que por Stairway

Hay algo en esa declaración que duele y que libera al mismo tiempo.

Escuchar Kashmir por primera vez es una experiencia rara. Te lleva a ningún sitio concreto y al mismo tiempo te pone en marcha. Hay algo en ese riff que avanza como un camión, sin prisa pero sin freno, sobre un camino que no aparece en ningún mapa. La voz de Plant encima parece la de alguien que describe lo que ve desde el parabrisas — visiones del desierto, figuras borrosas, la promesa de algo que está siempre un poco más lejos.

Es música de movimiento. No de llegada.

Y es una de las pocas canciones de Zeppelin que recurre a músicos externos — los arreglos de cuerda y viento — sin que se note como una concesión. Al contrario. Esos elementos orquestales hacen que la canción suene a épica antigua, a algo que podría haber existido siempre, antes incluso de que alguien la compusiera.

Versionear Kashmir es un acto de valentía, o de temeridad. La mayoría de los que lo han intentado han salido magullados. Pero algunos merecen atención.

Heart, con Ann y Nancy Wilson al frente y con Jason Bonham — hijo de John — a la batería, han tocado Kashmir en vivo en varias ocasiones. La de Ann Wilson es una de las pocas voces en el mundo capaz de acercarse a la intensidad de Plant sin copiarle. Cuando canta esa canción, la hace suya. Jason en la batería cierra el círculo de una forma que tiene algo de emotivo: el hijo reproduciendo el patrón que su padre ayudó a crear. Hay versiones de este trío que hacen que se te ponga el vello de punta, si te dejas llevar.

La Orquesta Filarmónica de Londres grabó en 1997 un álbum entero titulado Kashmir: Symphonic Led Zeppelin, con arreglos de Jaz Coleman y la dirección de Peter Scholes. Su versión de Kashmir es otra cosa completamente: más solemne, más majestuosa si cabe, con el riff de Page convertido en algo que podría sonar en una catedral. Es un experimento que funciona porque la canción ya llevaba dentro de sí misma ese potencial orquestal. Lo único que hace la filarmónica es dejarlo salir del todo.

Y luego está Puff Daddy. Sí, Puff Daddy. En 1998, para la banda sonora de la película Godzilla, el rapero sampleo Kashmir y grabó junto al mismísimo Jimmy Page — conectados por una línea ISDN entre Londres y Los Ángeles — una versión titulada Come With Me que llegó al número dos en Reino Unido. Page tocó su guitarra en el estudio de Wembley mientras Combs grababa en Los Ángeles. El resultado es raro, excesivo, y sin embargo tiene su lógica: hay pocas canciones de rock tan naturalmente adaptables al peso y la grandilocuencia del hip-hop de los noventa. Tom Morello, de Rage Against the Machine, también participó. Era el tipo de colaboración que no podía existir — y que existió de todas formas.

Plant dijo una vez que amaba Kashmir porque era intensa sin necesidad de ser heavy metal. Sin la histeria. Sin el ruido por el ruido. Solo el peso justo.

Y eso es lo que sigue haciendo cincuenta años después: pesar. Con elegancia. Con esa parsimonia de las cosas que saben que no tienen prisa porque no van a ningún sitio en concreto.

Hay canciones que te llevan a un lugar. Kashmir te saca de todos los lugares que conoces y te deja a mitad de una carretera que nunca habías tomado.

Eso es suficiente. Más que suficiente.

← El peine, el papel y la chica del parquímetro: Lovely Rita Una canción para empezar. Chill Out (Sácalo) →

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Content is protected !!