In My Life: el día que Lennon dejó de escribir para gustar
Hay canciones que nacen de una fiesta. Esta nació de una pregunta incómoda.
Corría 1964 y un periodista británico, Kenneth Allsop, le soltó a John Lennon algo que probablemente le escoció más de lo que admitió entonces: ¿por qué sus canciones eran tan poco reveladoras, tan poco desafiantes comparadas con sus libros? Porque John escribía. Escribía de verdad, con humor negro y juegos de palabras, en In His Own Write. Pero cuando se sentaba con la guitarra, salían canciones de amor de tres minutos. Bonitas. Vacías.
Él mismo lo reconoció años después: antes de eso escribían a la manera de los Everly Brothers o Buddy Holly, canciones pop sin más pretensión que crear un sonido, donde las palabras eran casi irrelevantes.
Allsop le dijo que escribiera sobre su infancia.
Y John, que era orgulloso pero no tonto, se lo guardó.
El autobús número 5
Pasó más de un año. Ya en Kenwood, su casa de Weybridge, Lennon se puso a ello. Y lo primero que le salió fue… un desastre precioso.
Escribió un poema larguísimo. Un recorrido en autobús desde su casa hasta el centro de Liverpool, nombrando todo lo que veía por la ventanilla. Penny Lane aparecía por ahí. También el reloj de la iglesia, las cocheras de los tranvías sin tranvías, el número 5 camino del centro, el Dockers’ Umbrella, aquel ferrocarril elevado que ya habían derribado.
Un inventario de la memoria. Kilómetros de nostalgia catalogada.
No funcionaba.
El propio John dijo que aquel primer borrador acababa sonando como una redacción escolar del tipo «qué hice en mis vacaciones en autobús». Así que hizo lo más difícil que puede hacer un escritor: tirarlo.
Y entonces ocurrió algo. Al quitar los nombres propios, al borrar Penny Lane y el reloj y las cocheras, la canción dejó de hablar de Liverpool y empezó a hablar de todos nosotros. Se convirtió en un recuerdo de amigos y amantes del pasado. Lugares que cambiaron. Algunos que siguen ahí. Otros que ya no.
Eso es lo raro y lo hermoso: la canción se volvió universal justo cuando dejó de ser un mapa.
John lo resumió en 1980 con una frase que ya es historia: fue, para él, su primera obra realmente importante. Hasta entonces todo había sido superficial y desechable. Aquella fue la primera vez que puso conscientemente su parte literaria dentro de una letra.
Tenía veinticinco años.
El clavecín que nunca existió
Grabaron la canción el 18 de octubre de 1965. Y quedó casi terminada. Casi.
Porque en el medio había un hueco. Un silencio de dieciséis compases donde John no sabía qué poner. Se probó con una parte de guitarra de George Harrison, pero no era eso. No terminaba de encajar.
Entonces John le pidió a George Martin que se ocupara él. Con una instrucción vaga, casi de cliente indeciso: «algo que suene barroco».
Martin, que venía del mundo clásico, se fue a casa y escribió una pieza al estilo de Bach. La probó primero en un órgano Hammond, pero no le gustó cómo sonaba y volvió al piano. Y ahí se topó con un problema muy humano.
No podía tocarla. Le iba demasiado rápido para sus dedos.
Lo que hizo después es de esas cosas que solo se le ocurren a alguien con un oído tremendo y cero vergüenza. El 22 de octubre grabó el solo con la cinta a media velocidad y una octava por debajo. Al reproducirla a velocidad normal, el piano sonaba al doble de rápido y una octava más arriba, lo que resolvía el problema técnico y, de paso, le daba un timbre único, parecido al de un clavecín.
En la carátula del disco figura como clavecín. Nunca hubo clavecín.
Es un piano corriendo. Un truco de estudio que engañó a todo el mundo, incluidos los propios Beatles cuando volvieron a la sala y lo escucharon. Les encantó y ahí se quedó. Tanto, que a partir de entonces medio mundo del pop empezó a meter clavecines en sus arreglos.
Fíjate la próxima vez. Ese pasaje suena como una cajita de música que alguien encontró en un desván. Suena a tiempo detenido. Y funciona precisamente porque no es un instrumento antiguo, sino un piano de 1965 al que le robaron el tiempo.
La pelea más larga de la historia del pop
Aquí viene lo curioso. La letra nunca estuvo en disputa: es de John, sin discusión. Él mismo dijo que Paul le ayudó musicalmente con el puente, pero que la letra estaba escrita, firmada y entregada.
La melodía, en cambio…
Paul, en la biografía autorizada de Hunter Davies en 1968, se quejaba de que John se había olvidado por completo de que la melodía era suya. «Esa era mi música», decía. Y luego añadía, casi con ternura, que quizá simplemente se había confundido. Que se le había olvidado.
Dos hombres que se pasaron media vida en la misma habitación, recordando de forma distinta la misma tarde.
Y entonces, en 2018, entró la ciencia en el bar. Mark Glickman, estadístico de Harvard, y Jason Brown, matemático de Dalhousie, junto a Ryan Song, montaron un modelo que descomponía las canciones de Lennon-McCartney en 149 componentes distintos para dibujar la huella dactilar musical de cada uno.
El resultado: menos de una entre cincuenta posibilidades de que Paul escribiera la música. «La probabilidad de que ‘In My Life’ la escribiera McCartney es 0,018», dijo Glickman. Lo cual, en su propia traducción, significa que es bastante convincentemente una canción de Lennon.
Paul sigue recordándolo de otra manera. Y en el fondo da igual. Una canción sobre la fragilidad de la memoria cuyo origen se perdió precisamente en la memoria de sus autores… es casi demasiado perfecto para ser real.
Los que la cantaron después
Se ha versionado cientos de veces. Estas son las que merecen tu tiempo.
Judy Collins la grabó en 1966, apenas unos meses después, para un disco que tomó prestado el título. Con arreglos orquestales de Joshua Rifkin, un giro respecto a su folk anterior. Su voz limpia, casi de cristal, convierte la canción en algo que parece escrito hace doscientos años.
Johnny Cash la incluyó en The Man Comes Around, en el tramo final de su vida. Y ahí ya no es nostalgia: es un hombre haciendo cuentas. La voz agrietada, el pulso lento. Cuando Cash canta sobre los que ya no están, tú sabes que sabe de qué habla.
Bette Midler la llevó a la banda sonora de For the Boys en 1991. Salió como single a principios de 1992 y llegó al puesto 20 en la lista Adult Contemporary estadounidense. Es la versión más grande, más de escenario, más de lágrima abierta. A algunos les sobra. A mí, según el día, me sobra o me salva.
Y luego está la rareza. En 1998, George Martin produjo un álbum titulado In My Life con invitados versionando canciones que él mismo había producido. La versión de la canción que da nombre al disco está narrada por Sean Connery. Hablada. Sin cantar. Con un apoyo mínimo del piano de Martin.
Suena a alguien leyéndote una carta antigua en voz baja. No a todo el mundo le gusta. Pero escúchala una vez, de noche, con auriculares.
George Harrison la recuperó en su gira americana de 1974 con un arreglo soul, y James Taylor la interpretó en el segmento In Memoriam de los Oscar de 2010. Esto último no es casualidad. La canción se ha convertido, casi sin querer, en la que ponemos cuando alguien se va.
Lo que queda
La revista Mojo la eligió mejor canción de todos los tiempos en el año 2000. Rolling Stone la puso en el 23 de sus 500 mejores, y quinta entre las cien de los Beatles. Listas. Números. Da lo mismo.
Lo que importa es otra cosa.
Dura dos minutos y veintiocho segundos. Un chaval de veinticinco años se sentó a recordar y descubrió, mientras escribía, que la memoria no es un catálogo de sitios sino una lista de personas. Unas siguen. Otras no.
Y que aun así, incluso con todo ese peso a cuestas, hay alguien en el presente por quien merece la pena que todo aquello haya pasado.
Eso es lo que hace grande a la canción. No te consuela mintiéndote. Te dice que sí, que se han ido, que algunos para siempre.
Y luego te dice que sigas queriendo igual.