El hombre araña viene a cenar
Hay canciones que te acunan.
Esta no es de esas.
«Lullaby» empieza como todas las nanas del mundo: un vaivén suave, unas cuerdas que se mecen, una voz que te habla bajito, casi al oído. Tu cuerpo se relaja. Te dejas ir. Y justo entonces, cuando ya has bajado la guardia, alguien te susurra que el hombre araña está subiendo por la pared y que esta noche vas a ser su cena.
Robert Smith escribió la nana más bonita y más siniestra de los ochenta. Y lo hizo, como casi todo lo suyo, mirando hacia dentro. Muy hacia dentro.
Las canciones de cuna que acababan mal
La historia empieza en una casa de Crawley, en el sur de Inglaterra, con un niño pequeño metido en la cama.
El padre de Smith le cantaba canciones para dormir. Pero no eran las canciones que cantan los demás padres. Se las inventaba sobre la marcha, y todas —todas— terminaban torcidas. El propio Robert lo contó años después con una naturalidad que da un poco de escalofrío: «Había algo como ‘duerme ya, preciosa criatura’, y luego venía una coda que decía ‘o no despertarás nunca más'».
Añade a eso un tío raro que se sentaba al borde de la cama a contarle historias de un hombre araña que entraba por la ventana del dormitorio y se comía a los niños.
Ahí lo tienes. Ahí está el disco entero, en realidad. Un crío que aprende que el sueño no es un refugio, sino la puerta por la que entra lo peor.
Pasaron veinte años. El niño se convirtió en el hombre de pelo imposible y pintalabios corrido que dirigía la banda más triste y más grande de Inglaterra. Y las arañas seguían ahí.
Invierno en Hookend Manor
Finales de 1988. Smith está a punto de cumplir treinta años y lo lleva fatal, con esa convicción tan de aquella época de que a los treinta ya se te ha pasado el arroz para el rock. Está deprimido. Está tomando LSD con una frecuencia que él mismo describió después sin demasiados rodeos. Y está escribiendo canciones que salen, en sus palabras, con una forma «lúgubre y deprimente» que no consigue —ni quiere— corregir.
La banda se encierra en Hookend Manor, una mansión reconvertida en estudio en el campo de Oxfordshire, y allí graba entre noviembre y febrero lo que sería Disintegration. Co-produce David M. Allen. Fuera hace frío y dentro también.
El ambiente era tan raro que Lol Tolhurst, miembro fundador, acabó despedido antes de la gira. Ya no tocaba. Solo bebía.
Y cuando el disco llegó a la discográfica americana, la respuesta fue pedirle a Smith que retrasara la salida, que aquello era demasiado oscuro, «deliberadamente hermético». Un año más tarde Disintegration era el álbum más vendido de su carrera.
Sobre «Lullaby» en concreto conviene fijarse en un detalle precioso: la línea que te enrosca la canción alrededor del cuello no es una guitarra, es un bajo de seis cuerdas que toca el propio Smith. Y por debajo, Simon Gallup sostiene el pulso, Porl Thompson dibuja, Boris Williams marca ese vaivén de mecedora y Roger O’Donnell pone la niebla de los teclados.
No hay estribillo. Nunca hubo estribillo. Smith no canta: susurra. Como quien no quiere despertar a nadie… o como quien no quiere que le oigan.
Número cinco y una araña de mentira
Salió el 10 de abril de 1989, con «Babble» y «Out of Mind» en la cara B, y ocurrió algo que nadie esperaba: la canción más incómoda que habían grabado se convirtió en su mayor éxito en Reino Unido. Número cinco. Su tope histórico. Ninguna otra canción de The Cure ha llegado tan alto en casa.
En Estados Unidos se quedó en el 74 del Billboard Hot 100, aunque en las radios alternativas sonó sin parar.
Y luego estaba el vídeo.
Tim Pope, el cómplice visual de la banda durante toda la década, se inspiró en Eraserhead de David Lynch y montó una pesadilla de manual: Smith en la cama mirando el reloj, los demás miembros del grupo convertidos en soldaditos de plomo, telarañas por todas partes, y el propio Robert interpretando a la vez a la víctima y al monstruo que se la come. Al final, la araña gigante se lo traga.
Se rodó en un plató de Londres. Y aquí viene la anécdota que más me gusta: había una araña de verdad prevista para las tomas sobre su cuerpo, con antídoto disponible en el set por si acaso. Smith dijo que no.
Claro que dijo que no. Llevaba treinta años soñando con eso.
El vídeo ganó el Brit Award al mejor vídeo británico de 1990. Pope, con los años, ha dado su propia lectura: para él aquello era una alegoría del pasado de Smith con las drogas. Cada uno tiene su araña.
Hay algo en esta canción que funciona incluso si no sabes nada de todo lo anterior. La escuchas de noche, en el coche, y sientes que alguien te está contando un secreto que no querías oír. Es esa contradicción la que la mantiene viva: la música te promete descanso y la letra te lo quita.
Lo que hicieron otros con ella
Lo más increíble que le ha pasado a «Lullaby» ocurrió en 1995, y no en un club gótico.
Jimmy Page y Robert Plant, en plena gira mundial tras su reencuentro, la incorporaron al repertorio. Sí: los dos de Led Zeppelin tocando The Cure. Y tenían un motivo, porque en aquella banda estaba Pearl Thompson —entonces Porl— que había tocado la guitarra en la grabación original. Plant lo presentaba al público diciendo que esa noche les acompañaba un miembro de un grupo británico muy importante. La versión es acústica, más terrenal, y Plant le pone un cansancio de siglos que la aleja del susurro de Smith sin traicionarla. Escúchala. Es de esas rarezas que uno agradece que existan.
Editors la han defendido durante años, dentro y fuera del escenario. Su bajista, Russell Leetch, la definió como la mejor canción de pop oscuro que se ha escrito. Suena a lo que uno esperaría de ellos: más frontal, más de piedra, menos telaraña.
Faithless hizo algo distinto y más divertido: en 2010 se llevaron la base de «Lullaby» a la pista de baile en «Spiders, Crocodiles & Kryptonite»… y llamaron al propio Robert Smith para que cantara encima. Veinte años después, el hombre volvía a su araña. Esta vez con ritmo de club.
Incluso el pop más comercial la ha saqueado: Rachel Stevens, ex de S Club 7, construyó «It’s All About Me» sobre un sample de la canción. Que la nana de las pesadillas de un niño de Crawley acabara en un disco de pop de baile es, quizá, la mejor prueba de lo buena que era esa línea de bajo.
Y desde el metal, Motionless in White se la ha apropiado con la reverencia de quien sabe de dónde viene todo lo que hace.
Y sin embargo, duermes
Lo más extraño de «Lullaby» es que, a pesar de todo, funciona como lo que dice ser.
La pones y te dan ganas de cerrar los ojos. El terror está ahí, entero, en cada palabra… pero la melodía te mece igual. Smith consiguió algo que casi nadie consigue: escribir sobre el miedo sin espantarlo, dejarlo entrar en la habitación y ofrecerle una silla.
Quizá por eso seguimos volviendo.
Porque todos tenemos una araña subiendo por la pared. Y de vez en cuando necesitamos una canción que nos lo recuerde con dulzura.