El charco de estrellas de Quique/Ríos
Hay canciones que nacen pequeñas, mínimas, casi de refilón, escritas en una habitación alquilada con una guitarra que ya venía algo tocada de fábrica… y luego, años después, alguien se las tropieza, las recoge, se las pone encima con su propia voz, y de pronto parece que siempre fueron también suyas.
Eso fue exactamente lo que le ocurrió a «Bajo la lluvia».
Una calle, un chaval de veintiocho años y una ruptura
Corría el año 2001. Enrique González Morales —todo el mundo lo conoce como Quique González— acababa de firmar con una discográfica grande después de mil intentos que no habían salido bien. Su segundo disco se llamaba Salitre 48, y el título no era ningún capricho poético: era, literalmente, la calle de Madrid donde vivía por entonces.
Salitre 48 es un disco de ruptura. De esos que uno escribe cuando algo se ha roto de verdad y todavía no sabe muy bien hacia dónde tirar. Hay dolor, hay vértigo, hay esa melancolía tan española de mirar por la ventanilla sin saber adónde vas… pero también hay, y esto es lo importante, ganas de seguir.
Quique venía escuchando mucho a Johnny Cash, a Neil Young, a Dylan. Ese poso de folk-rock americano, de carretera y polvo, se le nota en cada acorde de la canción. Y leyendo andaba metido en Bukowski y en los poetas españoles de la experiencia, Ángel González, Luis García Montero. Esa mezcla tan concreta —Americana por un lado, poesía urbana española por otro— es la que hace que «Bajo la lluvia» suene sencilla y certera a la vez.
Bailar cuando todo se está cayendo
La canción cuenta, o mejor dicho, insinúa, una historia muy pequeña: un hombre que observa a una mujer moverse bajo el agua, casi como si bailara. Ella brinca de charco en charco y en cada uno parece llevarse un trocito de cielo, de esos con estrella incluida. Espera algo tan sencillo y tan enorme a la vez como que salga la luna llena. Y él, desde la orilla de esa escena, le hace una promesa: que la risa de verdad, esa que ahora parece perdida, va a volver.
Es una imagen preciosa, ¿no? La lluvia, que en casi todas las canciones significa tristeza, aquí se convierte en fiesta. En baile. En esa clase de alegría que solo aparece cuando ya no te queda nada que perder.
Y luego, unos versos más adelante, la cosa se pone más carnal, más terrenal. Quique se atreve con una imagen que solo se le podría ocurrir a alguien que ha pasado media vida mirando el paisaje desde la ventanilla de una furgoneta de gira: compara el cuerpo de ella con el sabor denso y oscuro de una aceituna recién cogida, de esas que crecen junto al asfalto, en cualquier cuneta de cualquier carretera española. Rural, sensual y tierna a la vez. Muy suya.
También aparece el llanto. Porque no todo es baile: en algún momento él la ha visto deshacerse bajo ese mismo cielo encapotado, y ahí queda flotando una pregunta que nunca encuentra respuesta… ¿quién iba a poder aliviarle esa tristeza? Nadie contesta. La canción se queda ahí, en esa mezcla de baile y lágrima que, pensándolo bien, se parece bastante a lo que de verdad significa querer a alguien.
Siete años después, otro hombre se pone bajo la misma lluvia
Saltamos al año 2008. Miguel Ríos, el chaval de Granada que en los años sesenta fue de los primeros en atreverse a cantar rock en español, tiene ya sesenta y cuatro años. Y en vez de sacar un disco de canciones nuevas, decide hacer otra cosa: reunir en un solo álbum todas esas canciones que había ido dejando sueltas por ahí, en discos homenaje, en dúos, en tributos a otros artistas. Lo llama, con mucha sorna, Solo o en compañía de otros.
Entre esas catorce canciones hay una que no pertenece ni a su generación ni a su mundo: «Bajo la lluvia», de Quique González. Y cuando le preguntan por qué la eligió, Miguel Ríos suelta una palabra que no usa a la ligera: devoción. Dice sentir devoción por Quique González.
Piénsalo un momento. Un hombre que llevaba cuarenta años subido a los escenarios, que había cantado el Himno a la alegría delante de medio país, reconociendo en un cantautor mucho más joven algo que él mismo hubiera querido escribir. Eso no es un simple cover. Es casi un relevo.
Dos voces, la misma lluvia
Escuchar las dos versiones seguidas es un ejercicio curioso. La de Quique es más desnuda, más de guitarra acústica y voz que tiembla un poco, como corresponde a alguien todavía dolido. La de Miguel Ríos suena distinta… más rock, más segura, con esa voz raspada de quien ya ha vivido lo suficiente como para saber que sí, que uno vuelve a reír de verdad, tarde o temprano.
Y sin embargo es la misma canción. La misma mujer bailando. El mismo charco lleno de estrellas.
Hay canciones que solo pertenecen a quien las escribió. Y hay otras, como esta, que parecen estar esperando a que alguien más las recoja del suelo, se las ponga encima y las haga sonar como si también fueran suyas desde siempre.
«Bajo la lluvia» es una de estas. Por eso sigue bailando, más de veinte años después, bajo la misma lluvia de siempre.