El poder del arte
Rock

El poder del arte

◆   19 de septiembre de 2026  ·  Javier Ledo

Nueve minutos para respirar, nueve minutos para romperte.

Robe la puso en el centro de Se nos lleva el aire, un disco publicado el 15 de diciembre de 2023 por El Dromedario Records. Su cuarto álbum en solitario. Entonces no lo sabíamos, o no queríamos saberlo, pero sería el último.

Un disco que nació en casa y se cocinó en el local

Según se ha contado, el álbum empezó a tomar forma en la cabeza de Robe durante la pandemia. Luego lo fue perfilando la banda en el local de ensayo, con mucha improvisación y dejando que las musas aparecieran cuando les diera la gana. Nada de hilo conceptual esta vez, como en Mayéutica. Canciones sueltas, cada una con su historia, que al final acaban encajando como por arte de magia.

Y qué banda. Álvaro Rodríguez Barroso al piano y al Hammond, David Lerman al bajo y al clarinete, Carlitos Pérez con el violín, Lorenzo González en las voces, Alber Fuentes a la batería y Woody Amores en la guitarra. Todos extremeños, todos con más de una década de carretera compartida. Cuando llegó el momento de grabar esta canción, no tocaban juntos: respiraban juntos.

La catedral y el barro

La canción no arranca con un grito. Arranca con una intro que mira hacia la música clásica, como quien entra en una catedral de puntillas. Luego sube. Baja. Vuelve a subir. Durante más de nueve minutos no te deja quedarte quieto, y el bajo de Lerman va sosteniendo el suelo por debajo mientras todo lo demás se agita.

Y la letra… la letra empieza en el barro.

Es la voz de alguien que ha tenido demasiado de todo y muy poco de lo que importa. Demasiada droga, demasiadas horas a solas, demasiado tiempo sin saber de alguien que se fue y no se quedó. Está atrapado en el pasado y no encuentra la puerta. Cualquiera que haya vivido una noche mala a cualquier hora sabe de qué habla.

Pero entonces le pide algo a la música. Una canción que le sacuda el alma, que lo desarme, que lo deje desnudo y le ponga el pelo de punta. Y cuando esa no basta, pide otra, más brutal todavía, una que lo derrumbe entero para poder empezar de nuevo.

Hay algo muy humano en eso. No pide que le curen. Pide que le rompan, porque a veces es la única manera de que entre la luz.

Y entra. Un recuerdo, un instante en que dos personas brillaban a la vez, y de pronto se hace la luz en pleno infierno. Ahí la canción coge impulso, se levanta y echa a volar, y el mundo, quién sabe, quizá amaneció distinto.

Hay quien la ha leído como su declaración final. No me extraña.

El latín que lo explica todo

Cuando le preguntaron por el título, Robe soltó una de esas ideas que parecen un guiño y son un puñetazo. Recordó que la palabra «inerte» viene del latín iners, formada por un prefijo que significa «sin» y la raíz de ars, «arte». Sin arte, literalmente. Y se preguntó, más o menos, si será casualidad que sin arte y sin vida terminen siendo lo mismo.

Añadió que la pintura no necesita música porque ya tiene la suya, y que la música no necesita imágenes porque también tiene las suyas. Somos nosotros los que necesitamos que alguien nos salve de una vida inerte.

Ahí está el estribillo entero, dicho en prosa. Que quizá el arte tenga poder para sacarnos de una existencia sin vida, de la tristeza, de un mal final.

Cuando el Prado le puso cuadros

En febrero de 2024 pasó algo que nadie habría apostado ni con el mejor whisky. El Museo del Prado publicó un vídeo de más de tres minutos con la canción de fondo y veintisiete obras de los siglos XVI al XIX. Tiziano, Rubens, Velázquez, Caravaggio, Brueghel el Viejo. El propio museo lo presentó como una alianza inesperada entre el rock sinfónico transgresivo y el arte clásico.

Piénsalo un segundo. Un músico que durante años miró con recelo cualquier cosa que oliera a institución, y de repente sus versos sobre la vida inerte se pasean entre los lienzos más famosos de España. Y funciona. Funciona porque la canción nunca fue solo suya: habla de lo que hace el arte cuando nos rescata, sea con guitarras o con óleo.

Versiones que no son versiones

Es una canción demasiado joven para tener un ejército de covers, y demasiado larga para que cualquiera se atreva. Pero las canciones también se reescriben de otras formas.

Alguien, en YouTube, subió una versión simplificada con acordes fáciles y un apunte para poner la cejilla en el tercer traste y sonar como el original. Así es como viven de verdad las canciones grandes: en el salón de casa, con una guitarra prestada.

Y luego está la versión que nadie quería que existiera. El 14 de diciembre de 2025, cuatro días después de que Robe muriera en la madrugada del día 10, con 63 años, miles de personas hicieron colas de hasta seis horas para entrar al Palacio de Congresos que lleva su nombre en Plasencia. Sobre el escenario había una guitarra encima de un baúl de viaje, un fular amarillo y un lienzo con las portadas de Deltoya y Mayéutica. Y Los Robe salieron a tocar «El poder del arte» sin él.

Con desgarro, contaron quienes estuvieron allí. Pero también celebrando todo lo vivido. Es la única versión de esta canción que ha hecho llorar y sonreír a la vez a miles de personas al mismo tiempo.

Y lo que nos ha quedado

Robe pidió una canción que le sacudiera el alma. Y nos dejó nueve minutos que nos la sacuden a nosotros.

Se fue en diciembre. La canción se quedó aquí, con nosotros. Y mientras alguien la ponga, la vida inerte tendrá que esperar.

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