Steve Miller, The Joker (Paul McCartney)
Hay canciones que se escriben con sudor. Y hay otras que salen como quien se tumba en una hamaca y deja pasar la tarde.
O al menos eso quiere que creas.
Un hombre que creía haber llegado al final
Steve Miller no era ningún recién llegado cuando esta canción sonó por primera vez. Su banda se había formado en San Francisco en 1966, en pleno ruido psicodélico, y llevaba años dando vueltas sin acabar de encontrar el gran golpe.
Entonces llegó el álbum The Joker, el octavo de la banda, en 1973. Fue el momento en que abandonaron la psicodelia por un sonido más melódico, suave, entre el rock y el blues. Y casi sin querer, aquello funcionó.
Años después, Miller lo contaría con una honestidad desarmante: pensaba que su carrera se había terminado, y esta canción fue la que se la salvó. Imagínate la escena. Un músico veterano, cansado, que escribe algo sin demasiada pretensión… y resulta que ese algo era justo lo que el mundo necesitaba escuchar.
Un poema hecho de retales
Lo primero que llama la atención es el arranque. Ni riff espectacular ni introducción solemne. Miller empieza a cantar directamente, como quien te saluda desde el porche.
Y lo que dice es curioso, porque se presenta con varios apodos, y cada uno es un guiño a sus propias canciones anteriores. El Vaquero Espacial remite a «Space Cowboy», el Gángster del Amor a «Gangster of Love», y Maurice a «Enter Maurice». Una especie de autorretrato hecho con las piezas de su propio camino.
¿Y esa palabra rarísima, «pompatus», que nadie sabe qué significa? Según se cuenta, nació tras escuchar «The Letter», de los Medallions. Probablemente una palabra inventada, o mal entendida, que se quedó a vivir en la historia del rock. Miller lo sabía y se reía. Se nota en cómo la deja caer.
Porque esa es la gracia de todo. La música tiene una pereza deliciosa. Un bajo que se arrastra casi como si quisiera ser reggae. Un ritmo que no tiene prisa por llegar a ningún sitio. Y por encima, una guitarra con un silbido burlón justo después de pronunciar el nombre de Maurice, como un guiño al oído.
Suena a tarde de domingo. A ventanas abiertas. A alguien que ha decidido que hoy no le debe nada a nadie.
El verso que llevaba décadas rodando
Y llegamos a la parte del final, la más juguetona.
Esa frase sobre los melocotones y el árbol que alguien quiere sacudir… no es de Miller. Viene de «Lovey Dovey», un éxito de 1954 de los Clovers, escrito por Eddie Curtis y Ahmet Ertegun, el cofundador de Atlantic Records.
Ertegun, claro, no se quedó de brazos cruzados. Demandó a Miller y consiguió figurar como coautor de la canción. Miller lo vivió con cierta filosofía. Para él aquello era un viejo doble sentido del blues, de esos que flotan en el aire desde siempre, pero reconoció que tocaba dar el crédito.
Y tiene razón en lo del aire. Ese verso del árbol y la fruta ya andaba suelto por el blues desde los años veinte. Lo cantaron Bessie Smith, Carl Perkins o Elmore James, cada uno a su manera. Las canciones se pasan las frases de mano en mano como quien presta un abrigo.
Y de pronto, un Beatle
Aquí es donde esta historia nos toca de cerca.
Siete años antes de «Fly Like an Eagle», Miller grabó una canción llamada «My Dark Hour». En ella tocaban la batería, el bajo y los coros nada menos que Paul McCartney, aunque casi nadie lo supo en su momento. Todo surgió de un hueco libre en el estudio: Glyn Johns, el ingeniero, sugirió que los dos improvisaran un rato.
Miller recordaría después la sensación de que se entendían como si llevaran toda la vida tocando juntos. Todo lo que hacía Paul, decía, encajaba.
¿Y el crédito? Paul prefirió firmar con un seudónimo, Paul Ramon. Miller se quedó con la espinita, porque estaba convencido de que aquello iba a ser el mayor single de su vida.
Cosas de la música. A veces el éxito llega por una puerta distinta a la que esperabas. Y a veces un Beatle pasa por tu historia sin hacer ruido y te deja la huella de un riff que acabará, años más tarde, en otra canción.
Dieciséis años después
Si hubiera que elegir una curiosidad para contarla en una sobremesa, sería esta.
«The Joker» fue número uno en Estados Unidos a principios de 1974. Pero en el Reino Unido nadie le hizo demasiado caso. Hasta que en septiembre de 1990, tras aparecer en un anuncio de Levi’s, llegó a lo más alto de las listas británicas, más de dieciséis años después. Es el récord de mayor distancia entre dos números uno a ambos lados del Atlántico.
Piénsalo un momento. Una canción que espera casi dos décadas para que alguien, al otro lado del océano, la descubra de verdad. Y cuando llega, sigue sonando igual de fresca. Eso no lo consigue cualquiera.
Lo que otros hicieron con ella
Aquí hay que ser sinceros: «The Joker» no ha tenido versiones memorables en el sentido clásico. Es una canción tan de Miller, tan pegada a su voz relajada y a ese bajo tan suyo, que casi nadie se ha atrevido a copiarla tal cual.
Lo que sí ha hecho es reencarnarse en otras canciones.
El caso más famoso es el de Shaggy. En 2001, junto a Rayvon, construyó «Angel» sobre el bajo de «The Joker», que él mismo describía como reggae disfrazado de rock. Y lo curioso es que tenía razón: esa línea de bajo siempre llevó dentro un balanceo caribeño. El resultado fue otro número uno, y por el camino Ertegun volvió a aparecer entre los autores.
Del otro lado está el episodio de los Geto Boys, que usaron la canción sin permiso. En 1990, Miller ganó el pleito. Y es que con unas canciones se puede jugar, y con otras, mejor pedir permiso primero.
Y si buscas la raíz de todo, vuelve a los Clovers y su «Lovey Dovey». Escúchala después de «The Joker» y notarás cómo una frase de 1954 todavía respira dentro de otra de 1973.
Lo que queda cuando se apaga el último acorde
Lo más bonito de «The Joker» es que nunca aparenta ser importante. Es una canción que no te mira por encima del hombro. Te invita a sentarte, a dejarte llevar, a creer por tres minutos que la vida puede ser así de sencilla.
Y sin embargo, detrás hay un hombre que creía haber llegado al final. Un verso heredado de los viejos blues. Un Beatle que pasó por su estudio sin hacer ruido.
Quizá por eso sigue sonando. Porque debajo de la risa hay algo muy humano: las ganas de seguir tocando, aunque nadie te escuche todavía.
Algunas canciones no envejecen. Solo esperan, con paciencia, a que el mundo vuelva a tener ganas de silbar.